LA NOCHE EN BLANCO EN VILLAMURIEL DE CERRATO

Tomando una foto con la minutera

No había pasado una hora de tener la cámara dispuesta para trabajar cuando me encuentro inmerso en una oleada de gente, todos vestidos de blanco, celebrando su noche temática. A la fiesta se suman los quintos de este año, chavales que cumplen 18 a los que también se unen las chicas de su quinta. Van como pollo sin cabeza, sin control, desaforados, entusiastas. Esa noche se les permite ser lo que no pueden ser el resto del año. De repente se acerca un grupo de cinco chicos, todos con un calimocho de medio litro en la mano que intentan mantener lleno a duras penas, cantando, tambaleándose de lado a lado, directos a la cámara. Al cabo de unos minutos consigo hacerles entender que la foto requiere cierta calma, la exposición será de dos segundos, todo un mundo en esas condiciones, pero asombrosamente lo consiguen y la foto acaba hecha. La revelo, les gusta, se la entrego y se la llevan. Antes de dar cuatro pasos y viendo que algo le sobraba en las manos a uno de ellos, este se vuelve y me pide si le puedo guardar la foto un rato, que ya vendrá más tarde a recogerla. Acepto. A las dos de la madrugada recojo el chiringuito y me encuentro con la foto en la mano sin saber muy bien qué hacer con ella. Es una foto preciosa, están los cinco, todos quietos y bien enfocados, expresivos, enigmáticos. Me imagino a alguno de ellos contemplándola dentro de veinte, treinta o cuarenta años y casi me emociono. El caso es que no puedo dejar de pensar en el tema y al día siguiente decido intentar hacersela llegar de alguna manera, esa foto tiene que tenerla ese chaval, es prioritario para mí. Entro en varios bares del pueblo y pregunto enseñando la foto por alguno de ellos, como en las más auténticas películas de detectives. En uno de los bares alguien reconce a uno de los chicos, sabe quién es y dónde encontrarle y se compromete a darsela en cuanto le vea. Así que se la dejo con la esperanza de que al final llege a su destino. Al cabo de dos días me llamó Fernando, mi contacto en Villamuriel, al que le comenté el tema por si pudiera seguirle la pista. La foto ya había sido entregada al chico que me pidió guardársela. Ahora sí puedo imaginarme su cara viendo esa foto dentro de veinte, treinta o cuarenta años. Una alegría.